miércoles, 26 de enero de 2011

"SISTEMA ENAMORATIVO"


-"Sabemos que las emociones son contagiosas. Si hay mucha felicidad en una habitación y alguien se incorpora al grupo acabará sintiéndose más feliz" Entonces lo apropiado es, según cuentas, que no se desampare al sentimiento, a la emoción. Si la felicidad es lo que en el fondo más anhelamos y buscamos, ¿por qué no se enseña en las escuelas a ser felices? ¿por qué no existe la tabla de multiplicar la alegría, la división empática, las sumas compartidas, las rectas de angustías...?
-Yo voy en busca de eso mismo; escuelas que no pretendan individuos aptos para la sociedad del negocio y la industria, sino individuos que puedan llegar a reconocer la felicidad de estar vivos, de ser lo que somos, y de estar donde estamos"

martes, 18 de enero de 2011

SOCIEDAD



En esta sociedad plagada de niños consumidores que asisten al combate de inhumanas multinacionales devorándose sin piedad, en países que, cual sapos soñando con tragarse la luna, tratan de crecer succionando las energías vitales del planeta, quien más quien menos, abandonando el desarrollo espiritual, trata de crear empresas que den ganancias millonarias. Los pequeños comerciantes son tragados por super-mercados; la política, la religión, el arte, las universidades, la ciencia, danzan como los perros de circo por dinero. En lugar de ser y crear, las multitudes buscan parecer y tener. Una minoría aspira a amar y compartir, una mayoría sueña con obtener poder. Casi en todo, la cantidad substituye a la calidad.

Esta fábula puede sernos útil:

Un hombre vivía tranquilamente en medio de la naturaleza. Una mañana trepó a un monte y desde ahí vio un gigantesco edificio frente a cuyas puertas muchedumbres luchaban por entrar. Se dijo: “Si nadie desea vivir en los bosques, yo no quiero ser distinto. Si los demás luchan por entrar, yo también lo haré”. haciendo uso de la energía que le había dado su vida sana, apartó a la gente, penetró en el edificio y comenzó subir, luchando ferozmente, por las escaleras cubiertas de heridos y muertos. No le importó marchar por encima de los cuerpos. Ebrio de triunfo, exclamó: “¡Ya subí muchos pisos! ¡Qué importante soy!” Antes de expirar, un competidor le dijo: “¡Necio, este edificio tiene millares de pisos y nadie ha logrado llegar al último, donde está el trono!” Nuestro hombre respondió: “¡Cueste lo que cueste, yo llegaré y me sentaré en ese trono!”. Siguió subiendo. No le importó abrirse paso golpeando a sus enemigos, humillándolos, asesinándolos. Por fin llegó al último piso donde, entre paredes de oro, resplandecía una silla eléctrica. Gozoso, vociferó hacia los de más abajo: “¡El trono es mío! ¡Seré el primero que logrará electrocutarse en él!” Y, apretando el interruptor, trató de agregar: “¡Pasaré a la histo…!” Pero quedó hecho cenizas antes de poder terminar su frase.

Al comienzo, algunos crean negocios con placer y deseos de servir a sus clientes. Pero más tarde se mezcla el deseo de poder y agrandan sus pequeñas empresas. Sumergidos en el trabajo, olvidan las simples satisfacciones por el deseo de ser más que sus vecinos. Dan la salud por convertirse en gigantes. Los bienes acumulados despiertan la codicia. Lo que estaba a sus órdenes los vampiriza: la empresa les succiona cada partícula de tiempo; sólo viven para ella y creen que aquellos que no entran como esclavos en el vasto imperio que han creado, son enemigos y merecen la exterminación, es decir ser arruinados.

Podríamos vivir tranquilos en un medio que corresponde a nuestra naturaleza íntima, pero como somos continuamente bombardeados por los medios de comunicación con invitaciones que despiertan todo tipo de gulas, queremos adquirir “poder” para ser más que los otros. En la carrera hacia las “alturas” dejamos lo mejor de nosotros mismos haciendo concesiones, traicionando, estafando, para al fin obtener la situación que ansiábamos, tan alta que cualquier capacidad se hace débil en relación con el gasto de energía que significa mantenerla… Algunas sociedades abandonan sus fuentes naturales de vida y se lanzan en una carrera competitiva que -aunque logren el dominio total que se han impuesto- terminan por destruirlas. Cuando el poder sobrepasa cierto nivel, las fuerzas conquistadas se hacen negativas y destruyen al que las “posee” desde su propio interior.


Alejandro Jodorowsky