En el fondo de la pieza, una mesa redonda con dos sillas,
mi fantasma de ayer se sienta frente a tu ausencia.
Quedan algunas migas de pan negro en esa paz intensa.
Anoche estuvimos allí soñando.
Un rayo de luz invisible bajaba del cielo.
Tus ojos parecían contener la verdad.
Yo, informe, no podía imaginar en que forma me veías.
Por la nuca se me escapaba el alma.
Como una inmensa cobra atravesaba el techo para observarte desde el firmamento.
Era yo la noche sin astros y tú el diamante rojo que me gestaba,
la semilla del fruto, el corazón del abismo, el ojo de la nada.
Gracias a ti, porque eras mi puerto milenario, yo atravesaba los siete palacios encantados
donde se acumulaba la luz.
Era tu raíz la que me daba la energía de sobrepasar el límite,
libre de las palabras que formaban mi alma y mi cuerpo,
sin el placentero dolor de cada día, sin los bellos espejismos, sin esperar nada,
mínima parte del inconmensurable mecanismo,
volando alrededor de la mesa redonda mientras tú te mirabas
desde mis ojos y yo seguía sentado como un muerto en la silla,
viéndote crecer, disolverte en las paredes, inundar el mundo,
llover sobre mi ausencia como un enjambre de luciérnagas.
Alejandro Jodorowsky en Solo de Amor.