El instinto gregario hace que sea esencial para el individuo ser reconocido
e integrado por la sociedad. Un emfermo aislado tarda más en sanar que uno que
recibe el afecto de su colectividad. Entre los 613 mandamientos de la religión
hebrea, el más importante es ir a visitar a los enfermos. Personas de buena
voluntad debería reunirse para realizar curaciones colectivas. Puse en práctica
un acto de psicomágia social en diciembre de 2007, en el teatro-circo
Caupolicán, en Santiago de Chile. Acudieron seis mil personas, alas que,
sentadas formando círculos alrrededor de una pequeña plataforma rectangular ,
pedí que se concentraran sólo pensando en sanar a un enfermo. Hice detenerse en
medio de la plataforma a una mujer de 40 años que, debido a un cáncer de
tiroides y a su operación, hacía 20 años que tenía dificultad para hablar: su
voz era como un hilo agudo, casi incomprensible. Me bastó decir "todos
somos curanderos" para que las seis mil personas extendieran sus manos
hacia la mujer enviándole una energía que deseaba ser sanadora.
Ella, llorando de emoción, recibió este impacto emocional. Por unos minutos
fue el centro del mundo; se vió rodeada de una masa humana deseándole la
curación. Supimos que su familia la había obligado a casarse con un hombre que
ella no amaba. El cáncer comenzó cuando parió a su hija. La muchacha, una joven
de 20 años, nunca había escuchado la voz normal de su madre. En pocos, minutos
la mujer sintió que algo se abría en su garganta. Meses más tarde fue
recuperando la voz, y la alegría de vivir. Comenzó a estudiar canto. La
relación con su hija mejoró notablemente.
Aconsejo que se reúnan grupos con el mayor número posible de individuos y
que, sentados en círculo, dirijan las palmas de sus manos hacia enfermos
deseándoles que sanen. En cada sesión podrán dar este benéfico tratamiento a
muchos enfermos: bastan de cinco a ocho minutos de atención amorosa para que el
paciente reciba, como un precioso regalo, la energía que le prodigan. Mientras
los "curanderos" envían sus "ondas" deben murmurar los
hombres la sílaba A y las mujeres la sílaba MOR.
Alejandro Jodorowsky
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